La adoración de Jesús por parte de los Magos se reconoció enseguida como cumplimiento de las Escrituras proféticas.
"Caminarán los pueblos a tu luz —se lee en el libro de Isaías—; los reyes al resplandor de tu aurora, (...) trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor" (Is 60, 3. 6).
La luz de Cristo, que está en cierta forma contenida en la cueva de Belén, hoy se expande en todo su alcance universal.
(Benedicto XVI)
